
La espalda completamente curvada le impedía mirar al frente. El bastón marcaba sus pasos ligeros y cortos. Vestía un abrigo negro y largo, sobre un vestido negro y largo. Lo único que rompía su luto perfecto era un collar de perlas que combinaba con el desorden de su pelo encanecido. Se sentó en un banco de la calle República, metió rápidamente su mano al bolsillo y sacó un papel, como quien apurado está perdiendo el tiempo en trámites. Sacudió el papel para desdoblarlo, mientras migas de pan salían desordenadas y livianas, cayendo en silencio al piso. De inmediato empezaron a llegar las palomas a comer ansiosas, y mientras la abuela volvía a sacudir otro y otro papel, llegaban más y más palomas. Sentados en un banco justo enfrente, nosotros no podíamos dejar de mirarla.
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Foto: Matiphotonoob www.flickr.com/photos/splash_ito





Y se fue tan silenciosa como llegó. Me pregunto si todavía podríamos verla.